El croissant, un pan creado para inspirar
Era 1949 y René Elie (fundador de Cyrano) se había instalado junto a las piscinas de Güitig con un pequeño quiosco en el que ofrecía croissants y uno que otro pastelillo a quienes acudían a disfrutar de las aguas termales. Así nació el romance entre este delicado pan y los quiteños, un vínculo que con el tiempo se volvería parte de la memoria gastronómica de la ciudad.
Sin embargo, su historia a nivel mundial comienza mucho antes. El croissant nace en Francia durante el siglo XIX, aunque su inspiración se remonta al kipferl vienés, un pan documentado desde la Edad Media. Fue en manos de los panaderos franceses donde se produjo una revolución silenciosa: la incorporación del laminado de masa y mantequilla, una técnica que ya no buscaba solo alimentar, sino crujir, perfumar y deshacerse en múltiples capas.
El kipferl, por el contrario, pertenece a otro universo panadero: compacto, directo, sin laminado. Es historia pura, pero sin la compleja técnica del hojaldrado.
Italia, fiel a su cultura del desayuno reconfortante, transformó esa herencia en el cornetto: más dulce, más suave, pensado para ser rellenado y acompañado de un espresso. Alemania, en cambio, con su estilo práctico y funcional, desarrolló el hörnchen, menos etéreo y más cotidiano.
En América Latina, la historia toma otros matices. La medialuna argentina, llegada con la inmigración europea, adopta el hojaldrado, pero lo dulcifica, convirtiéndose en el acompañante ideal del café o del mate. El cuernito mexicano y el cachito ecuatoriano se alejan aún más del mundo de la pastelería francesa y se transforman en panes más populares: suaves, elásticos, diseñados para contener rellenos y adaptarse al gusto local.
El croissant es la prueba de que, en gastronomía, las verdaderas diferencias no solo se ven: se sienten. Y en Cyrano, aunque muchos de estos panes comparten una forma ancestral, cada uno fue creado en un momento distinto de la historia para deleitar gustos, culturas y preferencias diversas.